La era de las emociones

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La inteligencia emocional es uno de los conceptos que más ha impactado la manera de entender al ser humano en las dos últimas décadas. Los psicólogos y neurocientíficos han demostrado lo fundamental de las emociones a la hora de relacionarse.

Curiosamente, uno de los primeros científicos de la Historia en hablar del valor adaptativo de las emociones fue el propio Charles Darwin, hace ya más de ciento cincuenta años en el libro La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, por lo que algunos pensamos que fue el abuelo de la inteligencia emocional.

Para él, el origen de las emociones está en la necesidad de crear lazos entre los miembros de una comunidad, algo necesario para muchos animales que vivimos en sociedad. Es decir, Darwin creía que las emociones vinculan a los hombres de una sociedad. Ahora sabemos y estamos en posición que también conectan a otros animales también.

Sin embargo, sus sucesores no le hicieron demasiado caso, porque en gran parte del siglo posterior y hasta hace bien poco, todo lo relacionado con las emociones suscitó poco interés entre los científicos, en especial si se trataba de animales no-humanos. De manera errónea, las emociones fueron consideradas consecuencias no deseadas de la evolución, porque impedían razonar correctamente.

Para los conductistas, que dominaron gran parte de la interpretación psicológica en el siglo XX, la expresión de las emociones de los animales era una farsa. Un primate chillaba porque estaba programado para ello, pero no porque sintiera verdadero dolor. Aprovechando estas ideas, algunos laboratorios médicos, industrias alimentarias y hasta fiestas encontraron la excusa perfecta para sus métodos.

Las emociones existen porque ayudan a los animales a decidir lo conveniente o no de una situación. Además, sirven y actúan como un pegamento y repelente, dependiendo del contexto. Las emociones positivas, como la alegría, nos acercan a ciertos individuos y situaciones, pero las negativas nos alejan para prevenirnos, como cuando sentimos miedo, enfado o asco. Todas cumplen una importante función.

Cuando tuve la oportunidad de publicar para la revista National Geographic, el tema elegido fueron las emociones en animales. Es complejo probar la existencia de las emociones en animales porque en principio no se pueden ver ni medir. Tampoco les podemos preguntar. Lo que sí podemos hacer es observar las reacciones humanas, nuestras conductas cuando pasamos por una u otra emoción y entonces compararlas con las de otros animales.

Y a pensar de las dificultades que supone conseguir que un animal se quede quieto sin sedantes, también podemos detectar estructuras cerebrales comunes que estén asociadas a las emociones. Modernas tecnologías como la resonancia magnética permiten ser más precisos. Por ejemplo, el sistema límbico es el área del cerebro donde se generan las emociones de todos los mamíferos, ayudado por neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, entre otros muchos más. Tanto esta parte del cerebro como también las sustancias químicas asociadas, están presentes en reptiles, aves y mamíferos. Esto significa que potencialmente, todos ellos pueden tener experiencias emocionales.

El experto en emociones animales de la Universidad de Colorado, Marc Bekoff, cuenta en su libro La vida emocional de los animales que ha preguntado a sus colegas de laboratorio en varias ocasiones al respecto y éstos son incapaces de poner a sus mascotas en la misma situación que a sus sujetos de experimentación.

También relata cómo minutos antes del día que iba a presentar unos resultados en público en la universidad, se encontró en el aparcamiento de la facultad a un compañero llamado Bill y estuvieron hablando de su perro Reno. Reno, contaba Bill, era muy feliz jugando con otros perros, pero recientemente habían aflorado en él terribles celos de las atenciones que procuraba a su hija. También solía deprimirse cuando se le dejaba solo en casa. Después, los dos entraron al evento y tras la presentación llegó el turno de preguntas. Bill agarró el micrófono y acusó a Marc de atribuir emociones humanas a animales sin argumentar en sus conclusiones. Entonces Marc le retó a contar en público las historias de Reno que le había contado en el aparcamiento minutos antes. Bill se puso rojo y contestó”Bueno Marc, sabes perfectamente qué quise decir antes, sólo estaba “soltándome el pelo” al hablar de mi perro Reno. En realidad estoy bastante seguro de que no siente celos ni tristeza, sólo actuaba como si los tuviera”.

Aún así, no propongo equiparar de manera exacta las emociones humanas con las de otros animales. Para empezar, la diversidad de especies es tal que es absurdo meterlos a todos en el mismo cajón. Un koala no sentirá nunca lo mismo que un chimpancé, como tampoco los humanos sabremos nunca cómo se siente un koala. La clave está en que a pesar de que “algunos animales puede que sientan de manera diferente a nosotros, eso no significa que no sientan”, asegura el etólogo Marc Bekoff.

Un pensamiento en “La era de las emociones

  1. Con humor: ¿no falta un palito detrás de las dos “X”?

    Vaya con la anécdota del Bill. Como para contarle una intimidad al pájaro este con nombre de factura.

    ¡Muchas gracias por el artículo!

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