Introducción

A los pocos meses de nacer yo, mi familia se arruinó y tuvo que vender el zoológico de Santillana del Mar, animales incluidos, a los actuales propietarios. El tiempo pasó y nos cambiamos de ciudad, pero como sabéis, todo queda en el inconsciente. Durante un tiempo, conocer cosas sobre los animales era mi pasatiempo favorito, pero a diferencia de otros niños, los insectos y los dinosaurios nunca llamaron mi atención. Los monos, por lo cercano al comportamiento humano sí me tenían flipado. Aún conservo la primera y única página de la enciclopedia de los animales que comencé poco después de aprender a escribir. Parece que con dibujar la portada y dejar puesto el título me conformé porque durante veinte años eso fue todo.

Otro hecho en la infancia acabaría por rematar mi pasión por los animales sin yo saberlo: “Los animales no van al cielo”, nos dijo la profesora y monja teresiana Hortensia a toda la clase de 5º de EGB. ¿Que mi perro no va al cielo? ¿de qué vas? Pero si !somos monos! le grité. Hortensia me echó  de clase y no me dejaron entrar hasta el día siguiente. Recuerdo el cabreo que tenía en el camino de vuelta a casa porque aquel día dejé de creer. Estaba convencido de que ellos eran como nosotros o nosotros como ellos. Además un Dios supuestamente bondadoso no deja fuera, así como así, a tus amigos peludos. Desde entonces no solo he estudiado para que merezcan estar en la lista de candidatos sino también para conocer mejor el corazón de las personas. La primera oportunidad en este sentido me la ofrecieron Eduard Punset y Javier Canteros, creando para mi el blog somosprimates.com. Poco después, el redactor jefe de ciencia Pablo Jáuregui y el director de elmundo.es Fernando Baeta me llamaron para escribir una sección fija todos los los sábados en la que comparo el comportamiento de los primates con el de las personas para entender a nuestro simio interior. Jáuregui, me contó que cuando entró al despacho de Baeta, éste grito a la velocidad del rayo: !Ya lo tengo! !Se llamará “Yo, mono”!, de donde procede el título de este libro.

No en vano, los monos son el grupo de animales favoritos de los niños cuando visitan los zoológicos. Esta irresistible atracción se debe a que nos identificamos con ellos. “Cuando le miro es como mirar a un humano”, suelo escuchar de los adultos en el recinto de los gorilas mientras tomo datos en silencio. La profundidad de la mirada de un gorila o la curiosidad de los chimpancés dejan a las personas impactadas, congeladas. Mirarles fijamente a los ojos es mirarse al espejo, razón por la que seguramente también provoca hilaridad y rechazo. A éstos últimos les recuerdo que primate significa los primeros en latín y también personaje distinguido o prócer según la Real Academia de la Lengua. Es decir, los humanos pertenecemos a un club de de privilegiados. Pero la buena notica es que no estamos solos, hay más socios.

¿Por qué tanta comparación con los monos? ¿Es para demostrar los geniales que somos los humanos? ¿o sólo para demostrar lo listos que son ellos? La intención es más ambiciosa. El biólogo Charles Darwin, pensaba que estudiar a los primates aportaba más información sobre la naturaleza humana que leer al mismísimo John Locke. Sin menospreciar al filósofo creo que Darwin tenía razón porque si tenemos en cuenta que el origen de la vida sucedió hace 4500 millones de años, y nos separamos de los chimpancés y bonobos hace entre cinco millones de años aproximadamente, implica que hemos sido el mismo organismo, es decir, el mismo animal durante los 4495 millones de años restantes. Por si fuera poco, compartimos el 98 por ciento del ADN con ellos, junto a la constatación de que nuestros cerebros son casi idénticos en estructura y química.

Con el historial de evolución y genética compartida que tenemos, es de esperar que muchos comportamientos sean similares. Analizando lo que hacen otros primates, podemos rastrear la raíces de aspectos tan cotidianos como ¿por qué somos cotillas?, ¿estafan los primates a sus compañeros?, ¿de dónde viene la admiración por Messi? o ¿por qué nos sentimos incómodos en un ascensor?. Pero también proporcionan información práctica y sugieren soluciones a temas que preocupan mucho a la sociedad actual, como por ejemplo la prevención de la violencia de los machos o cuáles son los elementos de un buen liderazgo. Además, por experiencia, sé que las personas identificamos mejor la esencia de los fenómenos cuando los observamos en primates. Aunque también mienten y poseen cultura, no realizan sofisticadas maniobras de distracción con palabras, joyas y atuendos. La conclusión es que cuanto más aprendemos de los otros primates más sabemos sobre los humanos. La referencia que proporciona el estudio de otras mentes activas es la llave más importante que poseemos para la compresión de la caja negra que representa nuestra especie. Creo que todas estas son buenas razones para que recorramos juntos los últimos millones de años y pongamos a prueba al mono que todos llevamos dentro.

 

Cantabria, invierno 2013

 

 

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