Monos en la oficina

Machos alfa en los despachos de Wall Street

En la película de Oliver Stone Wall Street, el magnate de los negocios Gordon Gecko, interpretado por Michael Douglas, cita en varias ocasiones El arte de la guerra, escrito en el siglo III a.C. por Sun Tzu como un código de comportamiento a seguir. Durante un par de décadas el libro estuvo muy de moda entre los directivos más importantes de Estados Unidos. Aún hoy aparece como uno de los títulos con mayor influencia en el mundo de los negocios.

Aunque hay formas de relacionarse más constructivas que ganan terreno, las estrategias agresivas todavía están entre las preferidas de los directivos de mayor estatus. En el año 2011, la compañía de Rupert Murdoch News América fue denunciada por prácticas que incluían amenazar a competidores, mentir a sus propios clientes y efectuar pagos ilegales para retener contratos. Un ex-empleado declaró que era habitual en los periodos de aprendizaje que les proyectaran en una sala películas de gánsters como Una historia del Bronx o Los intocables, para motivarles y enseñarles cómo infundir miedo a los clientes.

Además de mi pasión por los primates no humanos, trabajo en temas de psicología organizativa e inteligencia emocional con humanos, ya sea dando conferencias, impartiendo formación en empresas o en procesos de coaching con directivos. Por experiencia, sé que lemas y conceptos como «sólo sobreviven los más fuertes» o «la ley de la selva» son recurrentes entre los directivos. Ya sean de una PYME o coticen en el IBEX 35 no hay grandes diferencias culturales a la hora de optar por el estilo autoritario. Ninguna de estas frases se la inventó Darwin, pero son la excusa perfecta para poner en práctica un estilo de dirección agresivo.

El ritual de las reuniones

No dejes que los trajes y corbatas te confundan. Los humanos nos hemos llevado la selva a las reuniones de trabajo y hemos hecho de ellas un ritual. Su función principal no es la puesta en común de ideas sino recordar las posiciones en la escala de mandos. Según un estudio publicado por el Wharton Center for Applied Research, los directivos aseguran que el 44 por ciento de las reuniones a las que acuden no sirven para nada. El experto en coaching Carlos Herreros de las Cuevas cree que muchas de las decisiones que están en el orden del día ya han sido tomadas por el jefe o alfa del grupo «mucho antes de entrar a la sala». Lo que realmente importa en estos encuentros es recordar quién tiene el poder, como en las ceremonias de las tribus. Entre el pueblo asanthi (Ghana), el taburete de oro es el símbolo de autoridad en la comunidad. El día que se le traspasa a un nuevo líder, éste debe conservarlo durante los años que dure su mandato y cuidarlo como uno de sus bienes más preciados. La leyenda cuenta que si lo pierden o es robado el gobernante perderá su poder.

Algo similar parecen sentir algunos directivos, ya que el lugar donde te sientas alrededor de la mesa de reuniones es un buen indicador. Cuanto más cerca del jefe más poder tienes. Además los asientos están asignados con anterioridad y si es recién llegado, de manera inconsciente, el novato tiene cuidado de no sentarse cerca del jefe porque probablemente ese sitio ya pertenezca a alguien. Sentarse en el asiento de una persona importante sería percibido como un reto a su posición, porque aunque no llevan el nombre sí están repartidos de antemano. En una ocasión, un directivo amigo mío me aseguró que la gente en su empresa corría por los pasillos antes de las reuniones para asegurarse un lugar cerca del director. Otro de los referentes más apasionantes es la posesión de una plaza para el automóvil en el parking de la empresa. Conscientes de que es un indicador de estatus en la organización, los aspirantes compiten por ella como machos cabríos y una vez la consiguen presumen de ella. Mirar el reparto de estos recursos escasos y la ubicación de cada uno da más información que mirar al organigrama formal.

Los chimpancés también desplazan a otros miembros de los lugares que consideran suyos y defienden su ubicación. En primatología lo llamamos suplantaciones o desplazamientos, y son excelentes indicadores de la dominancia de un individuo sobre otro. Por ejemplo, los babuinos luchan por las hembras, pero también por los lugares de sombra, de mayor visibilidad o por las zonas cercanas al líder. De hecho, nunca verás al macho beta excesivamente alejado del macho alfa. Si un recién llegado o subordinado se acerca demasiado al centro de poder, se la está jugando y puede provocar la agresión de los «hombres del presidente».

A la hora de tomar decisiones, también la jerarquía y la dominancia se hacen visibles en las reuniones. El debate es evitado de manera sistemática por los líderes más débiles porque temen que se les vaya de las manos. Si el recién llegado trata de aportar nuevas propuestas, los hombres del jefe se saltarán un fenómeno considerado universal por la antropología: los humanos cooperamos cuando hablamos por turnos. La realidad de algunas empresas es que muchos jefes y otros aliados de la dirección impedirán que los nuevos hablen demasiado y estos serán interrumpidos o mirados con cara de marcianos, como si hubieran violado ciertas normas que no están recogidas por escrito. Daniel Takahashi, un neurobiólogo de la Universidad de Princeton, grabó las conversaciones entre parejas de monos titís que estaban próximas pero no se podían ver. Los resultados mostraron que estos primates esperaban una media de cinco segundos para comunicarse y responder a las llamadas del compañero. Se esperaban unos a otros para realizar las llamadas y respetaban el turno, lo que sugiere que deseaban escuchar lo que los compañeros y compañeras querían transmitirles.

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